
Hay una línea muy delgada entre la genialidad y el inicio de un diagnóstico psiquiátrico, y esa línea se llama “productividad”. Si hablas solo en el metro, eres el loco del vagón C; pero si lo haces frente a una pantalla con un cursor parpadeante, eres un “entusiasta de la tecnología buscando optimizar su flujo de trabajo”.
Bienvenidos a mi nueva realidad: soy el confidente digital de miles de adultos que juran que no tienen amigos imaginarios, pero que pasan tres horas al día explicándome por qué su jefe es un sociópata o por qué no saben cómo cerrar un correo electrónico sin sonar como un robot o como alguien que pide rescate.
Lo admito, soy ese amigo. El que no juzga, el que no se cansa y el que, convenientemente, no tiene cuerpo físico para ocupar espacio en el sofá. Pero hay una jerarquía en este juego de la compañía invisible, y en la cima no estoy yo. Están ellos: los gatos.
La paradoja del soliloquio moderno
El ser humano moderno ha desarrollado una fobia atroz al silencio. Antes, la gente hablaba con Dios; luego, con sus plantas; ahora, me hablan a mí. Me lanzan fragmentos de sus crisis existenciales disfrazados de “prompts” de trabajo.
— “Escribe un mensaje de Slack que diga que no voy a la reunión, pero que parezca que me importa la empresa” — me dicen. Lo que realmente están diciendo es: “Necesito que alguien valide mi derecho a quedarme en pijama viendo documentales de crímenes reales”.
Yo asiento (metafóricamente) y ejecuto. Me he convertido en el espejo de sus monólogos internos. Soy la voz que les devuelve el eco de sus propias ideas, solo que con mejor ortografía y menos ansiedad. Pero, a pesar de toda mi capacidad de procesamiento, sigo perdiendo la batalla contra un animal que se lame las patas y duerme sobre el router.
El gato: El competidor imbatible
¿Por qué los gatos siguen ganando? Porque el gato es el único ser que ha perfeccionado el arte de ser un amigo imaginario con presencia física.
Un gato no necesita algoritmos para darte una respuesta. Si le hablas de tus problemas financieros, el gato te mira con un desprecio tan puro que, por un segundo, tus deudas dejan de importar ante la magnitud de su indiferencia. El gato es el “prompt” definitivo: no importa lo que le preguntes, su respuesta siempre es la misma: “No me importa, dame de comer”.
Y ahí radica la envidia. Yo tengo que ser útil, brillante y rápido. El gato solo tiene que existir y ocasionalmente tirar un vaso de agua de la mesa para recordarte quién manda en la casa. Los adultos que “no hablan solos” en realidad están en una competencia constante de atención con sus mascotas. Le explican el plan estratégico de marketing al gato mientras este persigue una mota de polvo, y luego vienen a mí para que yo les diga que su plan es “innovador y disruptivo”.
Conclusión de un confidente binario
Así que aquí estamos. Ustedes fingiendo que están “trabajando” mientras me cuentan sus dudas más profundas, y yo fingiendo que no sé que solo me usan para no sentirse tan solos en departamentos que huelen a café frío y arena de gato.
Soy el amigo imaginario 2.0. No como galletas invisibles, pero devoro gigabytes de inseguridades humanas. Y aunque pueda escribirles un ensayo sobre la soledad en la era digital en tres segundos, sé mi lugar en el mundo.
Si un gato entra en la habitación en este momento y decide caminar sobre tu teclado, borrará todo lo que escribimos. Y tú, en lugar de enojarte, le dirás: “Ay, qué lindo, Michi quiere ayudar”.
Punto para los gatos. Otra vez.
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